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viernes, 4 de abril de 2014

Una nueva ley de inversiones extranjeras.






Por Lic. Juan José López.

En Cuba comienza a regir una nueva ley de inversiones extranjeras. ¿Que promete la misma, cual es la realidad detrás de este intento? La respuesta de estas interrogantes la hayamos en la única función de esa norma: su pregón, pura  propaganda para ilusionar inversionistas extranjeros.

Cuba apunta a convertirse en un país que tomara decisiones en función de los capitales extranjeros y esta normativa lo corrobora. No hay espacio para la inversión de nacionales y tampoco concede libertad de contratación.

La inversión extranjera es una política correcta siempre que la misma se implemente para aumentar el ahorro del país y no para desplazar el potencial interno del mismo, esto es precisamente lo que sanciona el gobierno dinástico de la isla aprobando esta nueva ley.

Los oficiales del gobierno, a raíz de la aprobación de esta norma, que favorece las inversiones foráneas, se pronuncian sobre la naturaleza de la misma, ellos afirman que no buscan capitales de Miami.

Aquí en esta ciudad se cuestiono con cierta incertidumbre el tema de los viajes del financiero Carlos Saladrigas y el empresario azucarero apellidado Fanjul. En este contexto se puso de manifiesto algo característico en nosotros, la contradicción entre cubanos por la estrategia a seguir para lograr los cambios anhelados.

Democratizar Cuba ha sido una quimera y lo es porque ya desde antes, se dice y se contradice, que ya hubo una democracia en la Cuba de ayer, la cual fracaso, es decir: desemboco en lo que hace más de medio siglo sufre la sociedad cubana, una dinastía totalitaria, selectiva y excluyente, pero hay quienes aseguran que otrora había una dictadura.

Esas mismas pugnas de ayer matizan hoy la unidad de acción de los cubanos en la búsqueda de objetivos comunes. La democracia cubana, quimera inalcanzable al parecer por la falta de lectura histórica y objetiva, que expresa la solución hallada por los cubanos. Hay que encarar la realidad marcada por el exilio o el asentamiento de una gran comunidad aquí en los E.U A para promover la solución del problema cubano.

Cada país tiene su realidad geográfica, histórica y social y eso condiciona su propio destino. Los cubanos ya hemos marcado uno y aunque los nacionalismos infundados por la publicación de la historia oficial hayan formado una convicción tozuda y contraria, respetable en sí, pero desemboca en inercia.  

Es hora de entender que el pueblo de Cuba no sigue los llamamientos libertarios, ni de democratización, ellos lo ven como algo hueco, retorico y retrogrado, sin serlo, pero realidad es percepción. Sin embargo los cubanos siguen la ruta marítima a riesgo de sus vidas o esperan su salida del país sin mayores riesgos para arribar a tierras de libertad y prosperidad.

Varios cubanos exiliados, con méritos y razones, se empeñan en los gritos de lucha, lo cual se entiende, pero las convicciones actuales indican que desde la comodidad ya lograda en el exilio, y que todos los cubanos de allá aspiran, no se puede llamar a la rebelión o al riesgo de la muerte a nadie, aunque exista la posibilidad de la libertad en el intento, y a riesgo de lo que vendrá después.  

La verdadera estrategia esta en hacer partícipe a los demás de los beneficios y libertades que ya tenemos aquí en América. Predicar en contrario por retorico que sea, no ha dado resultado.  No se niega la historia, se habla sin demagogia y sin alabanzas necesarias.

La integración cubano americana, que no arriesga nada de nuestra identidad ni borra la real historia de nuestro pueblo, es la solución que le temen los gobernantes dinásticos de la isla. 

Cuba camina hacia la integración aunque los que ya la disfrutan pregonen en contrario. Ni las leyes de inversión extranjera ni otros gritos garantizaran libertad, ni prosperidad alguna, esas posibilidades existen aquí en este lado del mar, donde casi dos millones de cubanos disfrutamos y difundimos nuestra cubanía.

jueves, 6 de marzo de 2014

Los símbolos, Cuba y Venezuela.


Por Juan José López.

Cae la Bandera cubana en el momento preciso del arribo a Venezuela del dictador cubano. Si esa simbología es interpretada como el fin de la dominación de Castro sobre Venezuela, entonces el uso de esa simbología es más aceptable que utilizar iconos patrios para manipular nuestras reacciones.

De hecho se comenta sobre la quema de la bandera cubana por parte de manifestantes venezolanos. Contra esos actos que demuestra el uso indebido de símbolos, como se uso el nombre de Dios en la edad media, me manifiesto.

Dios es supremo, no es un símbolo para los creyentes, pero usarlo como lo hizo Torquemada, revela la mala intención de los humanos para eliminar a otros hombres por avaricia u odio. Así mismo se usan la bandera, la patria, la soberanía, como símbolos de guerra que han dejado una huella nefasta en la historia universal.

Los valores humanos para enfrentar retos y enemigos son también inducidos. “El que avance hacia la Bastilla será un héroe de Francia”. También Hitler usaba la simbología, como hacen  los dictadores o tiranos actuales, actuando ellos en si, como un símbolo de superioridad para sus súbditos. Los chavistas usan a Bolívar como los castristas a Martí.

Soberano es y debe ser el individuo. El ser humano es lo supremo y no el Estado o los símbolos que los esclavizan. ¿Quien en su diario vivir está pensando más en símbolos que en su felicidad, en su hogar, en su esposa e hijos, su carrera, en la alimentación, calzado y vestido? Los pregonados iconos son recordados en ciertas coyunturas o en los actos de manipulaciones masivas.

Los norteamericanos usan los símbolos con mas mesura, por eso son los hombres más libres del mundo. Ante la quema de su bandera u otro símbolo son más ecuánimes que los caribeños. Estos últimos van de la democracia a la dictadura en vez de avanzar hacia la libertad y el desarrollo como los primeros.

En la Cuba de ayer habían problemas pero el mayor fue la inconformidad y la confusión de sus líderes, por eso mientras lideren los mismos inconformes de otrora, no se hallará el camino hacia la libertad y prosperidad de la isla, más bien se prolongara la etapa de condena a imperialismos y reinara la miseria, aunque sus gobernantes sigan actuando como aves de rapiña en Venezuela.

En aquella Cuba un marinero orino  la estatua de José Martí y en los días corrientes queman en Venezuela la Bandera cubana. Rechazo ambas manifestaciones y preciso: lo que no debemos permitir es que nos orinen o humillen a nosotros como lo hacen los dictadores, además debemos saber identificar las realidades más allá de los fenómenos o imágenes.

Entiendo también las limitaciones que nos aferran a símbolos patrios y religiosos. Sin esas manifestaciones no se hubiera podido hacer la historia que conocemos, pero gracias a Dios estamos avanzando. Espero en el futuro hombres cultos que superen la esclavitud de venerar símbolos y reaccionar sin razón por ellos.

Sobre la quema de la bandera cubana en Venezuela, pienso en la posibilidad de que haya sido planificado por elementos que desean la división de las maravillosas comunidades cubanas y venezolanas para lo que apelo a lo mejor de nuestras culturas antes de dejarnos llevar por emociones negativas.


jueves, 9 de enero de 2014

La Cuba postcapitalista


Por Alexis Jardines





Cuba Nuestra Digital, Diario de Cuba.

Defender al individuo concreto o, al menos, al ciudadano real de carne y hueso por encima de  las  abstracciones y de los símbolos rituales es el único modo de preservarse de los nacionalismos patrioteros,las dictaduras clasistas y las ideologías totalitarias. Está claro que el reclamo mambí de una "Cuba libre" es insuficiente; también y más bien lo que necesitamos es un cubano libre.

Ningún mérito histórico cabría esperar de una Revolución que no trasciende el ideario de sus rebeldes ancestros, quedándose atascada durante medio siglo en la aparente solución de un problema la soberanía nacional que parece superado por las propias condiciones del mundo actual.

Por otra parte, la soberanía no es más que una expresión de libertad formal. El hecho que todos seamos libres no significa todavía que lo sea cada uno de nosotros; el hecho de que una nación sea soberana no garantiza que lo sea cada uno de sus ciudadanos. La libertad real solo se alcanza si se refiere e involucra a la persona en su integridad, no a las facetas abstractas de su existencia.

Incluso a nivel de individuo, libre solo puede ser Juan Pérez y no sus representaciones, encarnadas en los roles que él desempeña en la familia y en la sociedad (médico, cederista, militante, obrero, intelectual, militar, deportista, delegado y, también, ciudadano, entre otros) tan proclives  todos  a  la  manipulación  y  al  control.  

Una realidad  globalizada  requiere de una mentalidad postnacional. Pensar en términos postcoloniales en un mundo postmoderno es algo que tiene más de quijotesco que de revolucionario. Así, el proyecto castro-marxista de una sola Revolución naufragó en medio del camino que conduce de la soberanía a la libertad.

En semejante contexto vale la pena reflexionar sobre la reforma de la enseñanza en Cuba. Pudiera decirse que a los Padres Fundadores (Caballero, Varela, Luz) les guió un sentimiento postcolonial.  

 El mérito de estos grandes  maestros no debe  buscarse en la enseñanza de la filosofía, y mucho menos en la reforma de la filosofía, tarea para la cual no estaban capacitados. Su gran legado a la cultura nacional fue la reforma de la enseñanza, con especial atención a la filosofía. Una deliberada distorsión posterior los convirtió de maestros en filósofos, para articular una seudotradición de pensamiento filosófico cubano.

 Así, las tendencias positivistas de estos Padres Fundadores —que luego cristalizaron en Varona— se reinterpretaron "a la soviética": los educadores se convirtieron en "demócratas revolucionarios" y fueron acoplados directamente al marxismo  republicano  tardío,  con el propósito de inventar una tradición que legitimara la irrupción en la Cuba revolucionaria del marxismo soviético.

En lo que a la reforma de la enseñanza de la filosofía se refiere, desde el presbítero Varela no se ha retrocedido, pero tampoco se ha adelantado un paso. 

En nuestras universidades, la escolástica marxista sustituyó a la escolástica medieval y los brotes anti-manuales y anti-dogmas que hoy se observan no van más allá de las propuestas de Varela y de Luz en su época. Probablemente, el rescate de la tradición reformista en la enseñanza no sea factible sin un criterio postnacional, donde la ideología marxista quede reducida a una simple opción. Por ahora, el marxismo mantiene la dimensión de pensamiento único y sigue determinando una educación doctrinal y apologética. 

Por eso el laicismo de nuestra educación es bastante sui géneris: no se gana mucho con separar la Iglesia del Estado si este último asume funciones de naturaleza religiosa.

Aprovecho la ocasión para advertir del  peligro que puede representar a estas alturas las reacciones de los propios marxistas de corte estalinista contra el manualismo, el dogmatismo y otras posturas que entre ellos mismos germinaron. 

No promueven de tal modo más que una falsa imagen crítica, ya que su extemporaneidad es, en realidad, conservadora. Es curioso, en las instituciones cubanas se fomenta hoy una crítica que no solo es orientada desde arriba, sino que responde a la realidad vivida en los años 70.

 El resultado es que la propia crítica enmascara la realidad presente, legitimando el statu quo. Por eso, en lugar de cambios, yo he preferido hablar de maniobras raulistas.

Tampoco representa una solución real la conversión de los otrora marxistas soviéticos al "marxismo postmoderno". El marxismo y el pensamiento postmoderno pueden llegar a coquetear pero, en el fondo, son incompatibles. Un marxismo postmoderno es una contradicción en los términos, pues la postmodernidad es, en buena medida, postmarxista.

 No se olvide que una de las dos  condiciones de partida del pensamiento postmoderno es según  Jean-François Lyotard la incredulidad con respecto al metarrelato de emancipación,  es decir, al marxismo.

Una buena parte de los académicos cubanos cree haber encontrado una solución al vacío retórico que dejó la extinción del marxismo soviético refugiándose en el marxismo occidental, antes vilipendiado por ellos mismos y acusado de revisionismo, siguiendo las directivas de Moscú. 

Semejante reciclaje de la escuela de Frankfurt los hace anclarse, en cambio, a una modernidad pre globalizada y con herramientas conceptuales obsoletas como pueden ser las del freudomarxismo.

¿Qué posibilidades puede tener todavía el marxismo dentro de la cultura cubana? Yo diría que hoy es un espectro, que irá languideciendo cada día un poco más. No veo que en las condiciones de la Cuba actual el marxismo pueda aportar algo culturalmente significativo, sino que actúa, antes bien, como un lastre. 

Pudiera afirmarse, parafraseando a Ortega y Gasset, que lo que tiene de bueno el marxismo cubano es lo que tiene de cubano, no lo que tiene de marxista. Y no se tome esto como una manifestación de nacionalismo, sino como el reconocimiento de que el marxismo no logra prender en nuestra cultura y hasta nos impide comprender  lo que sucede hoy a nivel planetario. Por consiguiente, nos las arreglamos mejor sin él.

 Se avecinan tiempos en que se volatilizará totalmente de nuestras vidas y de nuestras mentes, producto del rechazo natural que experimenta cualquier cuerpo social ante el pensamiento único, sobre todo cuando se trata de dosis tan altas y sostenidas.

Al mismo tiempo, no debemos confiar en que el marxismo sea tan solo una ilusión sin porvenir. Hegel dejó bien claro que todo lo que es llevado hasta su extremo se transforma en su contrario. Cabe esperar que sea la magnitud del propio rechazo del marxismo la que genere su consiguiente añoranza en generaciones futuras. Dicho de otro modo, el total olvido, la prolongada ausencia y, sobre todo, la demonización a que seguramente se verá sometido crearán las condiciones para que, trasmutado, florezca de nuevo.

La cosecha del miedo

Durante ese período de algo más de medio siglo de hibernación que ha vivido Cuba al margen del tiempo real, ha pesado como nunca antes sobre nuestras cabezas un estigma que hunde sus raíces en la Colonia. Adaptado a las nuevas necesidades de legitimación simbólica de un proyecto carente de estructura de plausibilidad, como lo es la Revolución, el rechazo del anexionismo reaparece bajo la glamurosa acusación de plattismo.

 La manera en que se ha estigmatizado históricamente a los simpatizantes de la cultura norteamericana y especialmente a  aquellos, cuyo simple sentido común  los llevó a la idea de integrarse política y económicamente a Estados Unidos denota cuán ajenas han estado las huestes nacionalistas a eso que se llama democracia.

La propaganda revolucionaria no solo impuso el modelo soviético y su adoración, sino que se las arregló para crear, no sin manipulación de la historia nacional, el terror irracional hacia la sola posibilidad de concebir una integración de Cuba al suelo norteamericano. La soberanía de Cuba o, más bien, su limitación se hacía depender del tipo de relación que se estimulara con los vecinos del norte (definidos como enemigos de la nación).

Una relación amistosa y camaraderil caía inmediatamente bajo sospecha; una hostil, violenta y excluyente era gratificada en grado sumo. La cuestión personal y democrática de la elección, el respeto a la libertad individual y al derecho  ciudadano,  todo  ello era  y continúa  siendo  groseramente violado en nombre de la sagrada perreta antiplattista.

 Y hay que decir que con muy buenos resultados, por cuanto los cubanos que han envejecido en la Isla llevan ocultos sus deseos de integración a la gran nación del norte como hasta hace poco muchos llevaban penosamente oculta su homosexualidad. En Cuba era preferible (y hoy lo es más que nunca) ser maricón que ser anexionista.

 La respuesta a la pregunta por cuántos cubanos hay dentro del closet del anexionismo yace en el nivel más profundo del alma colectiva como el secreto mejor guardado de la nación.

Así tenemos que el reproche de anexionismo es válido exclusivamente cuando el país en cuestión es Estados Unidos. Por lo demás, Cuba está dispuesta a integrarse hasta con Afganistán o Corea del Norte sin el menor pudor.

 La perreta de la soberanía solo esconde el temor a perder las prerrogativas que le confiere un Estado totalitario  a la clase política gobernante, a saber: la indefensión  ciudadana,  el  saqueo  moral  y  material  del  individuo  frente  al  omnipotente  y omnipresente  aparato  estatal  y/o gubernamental  y, en  última aunque  más  importante instancia, al líder del Politburó.

La perreta antiplattista, íntimamente vinculada a la anterior, obedece al temor de que colapse el mecanismo de legitimación simbólica tras una apertura democrática y transnacional, lo cual conllevaría al descrédito del metarrelato nacionalista. De modo que ambas son extremos de una misma relación. Por otra parte, no se puede ser anti- integracionista en general sin ser antidemocrático. 

El integracionismo de los países del ALBA es selectivo y exclusionista, así es que todo el que está en el otro extremo tiene el derecho de devolver la pelota a la cancha de los castro-chavistas. ¿Por qué todo esto? Para no quedar expuestos  al  escrutinio  internacional, para continuar cosechando la  cultura del miedo, la expoliación del ciudadano y el secretismo, que es el sostén de la Revolución.

¿En qué radica el peso de este estigma? No solamente en que es un peso histórico, sino en su connotación moral. El logro de la propaganda revolucionaria consistió, en este caso, en igualar la simpatía por los norteamericanos con la actitud de la prostituta. Sutilmente, los mecanismos más viles se ponen en juego aquí, de tal modo que aun el defensor de la integración a Estados Unidos cree que comete un pecado obsceno e inmoral. La solución no puede ser otra: permanecer en el closet. 

Ahora cabe la pregunta. ¿Con qué derecho ningún cubano ―sea castrista, comunista, marxista, leninista o todo junto― puede cuestionar la decisión personal de su compatriota? ¿Por qué les molesta tanto a los revolucionarios la sola posibilidad de que alguien tenga una opinión o elección diferente, al punto de llegar a atentar contra la vida de quien así se proyecte?

Es absurdo pensar que la nacionalidad cubana se vea amenazada por el "enemigo plattista", en todo caso la amenaza es la Cultura misma y no la elección o la opinión de los individuos libres. Pero sucede que, así como no podemos ir contra la Naturaleza tampoco podemos ir contra la Cultura. Es esta última la que modifica los valores nacionales, la que los preserva o extingue. (Claro que no debemos reducir la Cultura al conjunto de las bellas artes y el folklore)1. Así que va siendo hora de tomar partido: o por el derecho a la libre expresión y elección o por el totalitarismo y el control de las voluntades individuales; por la Cultura o contra la Cultura.

La sociedad del conocimiento

No se trata de negar el papel del Estado ni de enterrar el capitalismo. Los sepultureros de Marx se quedaron finalmente sin empleo, mientras el sueño comunista de una sociedad sin Estado se desvaneció apenas fue concebido. Hay que hablar en términos de transformación, de cambio de funciones, de transmutación si se prefiere. Los Estados tienden a ser multinacionales, nodos de una red que es la sociedad global; y el capitalismo: la plataforma sobre la que han de levantarse las futuras sociedades del conocimiento.

El concepto de lo transnacional tiene un sentido espacial; el de lo postnacional, en cambio, es algo que se entiende desde ángulo temporal. ¿Hacia dónde va la Cultura? Obviamente hacia la integración y el derribo de las barreras nacionales junto esa arcaica ideología que pretende conservarse estanca, a la vieja usanza medieval. El nacionalismo representa hoy un retroceso, un severo freno a la libertad, al pensamiento y a la creación. Aquí es imprescindible escuchar a Henri Bergson: "De diez errores políticos nueve consisten en seguir considerando verdadero lo que ha dejado de serlo…"2 

¿Qué nos queda, pues? ¿La anexión a los capitalistas norteamericanos como única opción? ¿El Plattismo?

Primero quisiera que el lector me respondiera un par de preguntas: ¿Es China capitalista o socialista? ¿Y Venezuela? La Cuba raulista, ¿cómo la clasificaría? No me lo diga, sé que no tiene respuestas. Pruebe a enfocar las cosas así: a partir del final de la Guerra Fría y con el advenimiento de la postmodernidad los conceptos de capitalismo y socialismo cayeron en desuso, simplemente ya se muestran obsoletos para caracterizar la realidad  política,  económica  y cultural  de  los tiempos presentes.

 Los efectos de la globalización están rediseñando el mapa mundial, mientras la Tecnología (en tanto forma dominante de la Cultura) ha trastocado todos los valores, las instituciones, las relaciones interestatales y las personales. El conocimiento mismo ha experimentado una brutal transformación y, con él, todo el edificio de la Ciencia.

Mientras los anti-anexionistas (por lo que ha de entenderse a los revolucionarios que prefieren anexarse a cualquiera, excepto a los Estados Unidos, y que pretenden negociar con cualquier extranjero antes que con los propios cubanos) andan echando pestes y estimulando el odio, ese gran país se ha convertido en un Estado de nuevo tipo: multicultural, democrático y postnacional. De la misma manera que Cuba ya no es socialista, Estados Unidos ya no es un país capitalista, sensu stricto.

 Y mientras los anti-plattistas ladran ellos nos ganan la carrera del conocimiento.

De una manera u otra todas las naciones están sujetas a un proceso de hibridación cultural y transnacionalización. Estados Unidos, para tranquilidad de los que permanecen dentro del closet y de sus propios represores, ya no es tan americano ni tan capitalista. 

Es una sociedad multicultural y postcapitalista en la que todos tienen cabida. Sin embargo, no es la única con estas características; la Unión Europea, por ejemplo ―a la que a la Cuba raulista le encantaría anexarse― también lo es. Así es que la integración va y el que la gente tenga sus preferencias socio-económicas y culturales no los hace prostitutas.

El mundo hacia el que debe mirar la nueva Cuba es, pues, el de las sociedades del conocimiento, por la simple razón que ese es el futuro inevitable que se nos ha negado a los cubanos dentro de la Isla por un gobierno dictatorial, inepto y provinciano. Nuestro futuro no está ni en la mano de obra y el trabajo, al estilo marxista; ni en el capital y la acumulación, según el modelo que transmuta frente a nosotros.

El conocimiento viene siendo ya el recurso fundamental y el crimen de lesa cultura consiste justo en hundirnos cada vez más en esa brecha digital que define hoy quién es pobre y quién no lo es. Estamos  del bando de los analfabetos  funcionales, de los desconectados ―es decir, de los perdedores― por obra y gracia de un grupo de anti-plattistas incompetentes que todavía ignoran que quien manda en el mundo no es ni el socialismo ni el capitalismo sino la Tecnología, la cual solo germina en situaciones trans y postnacionales de integración, democracia, libertad y multiculturalismo.

El Estado-Nación ―aun en sus particularismos ideológicos― fue un subproducto del proceso secularizador  que trajo consigo el advenimiento  de la Ciencia como forma dominante de la Cultura en la modernidad. Lo que pueda suceder finalmente con el socialismo y el capitalismo en ese nuevo universo simbólico dominante que es la Tecnología, es algo que excede con mucho tanto el poder económico de Estados Unidos como las componendas ―y a menudo macabras― maniobras raulistas de actualización.

Una vez más, escuchemos no a Marx, sino a Hegel: "Cuando la forma sustancial del espíritu se ha transformado, es absolutamente imposible querer conservar las formas de la cultura anterior; son hojas secas que caen empujadas por los nuevos brotes que ya surgen sobre sus raíces".